Presencia Zen

Un mundo posible: Manifiesto por una responsabilidad lúcida

Naturaleza y presencia en el Montseny

Un mundo posible:

Manifiesto por una responsabilidad lúcida

 

1. Desde el fuego

Este fin de semana hemos tenido que anular un retiro de meditación zen de cinco días porque la casa donde íbamos a realizarlo fue confinada a causa de un gran incendio muy próximo. Mientras algunas personas intentamos cultivar la serenidad, el mundo arde. Serenarse es imprescindible, de aquí deben surgir las acciones necesarias y adecuadas para que el mundo siga siendo habitable. Con una temperatura de más de treinta grados, desde la tristeza, la indignación y una esperanza inquebrantable en nuestra capacidad de hacer las cosas mejor, escribo desde una tierra que arde.

2. Lo que hemos roto

La crisis climática no ha aparecido de repente. No es una catástrofe natural ni un destino inevitable. Es el resultado de una forma de producir, consumir y, sobre todo, decidir que durante décadas ha tratado la Tierra como si fuera inagotable, el aire como si no tuviera memoria, el agua como si pudiera absorberlo todo y el futuro como si no perteneciera a nadie. La evidencia científica es clara: las actividades humanas, principalmente a través de las emisiones de gases de efecto invernadero, han causado de forma inequívoca el calentamiento global. El IPCC situó el calentamiento global observado en torno a 1,1 °C por encima de los niveles de 1850-1900 en el periodo 2011-2020. (IPCC) Pero la tendencia no se ha detenido. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que los años 2015-2025 fueron los once años más cálidos registrados, y que 2025 se situó aproximadamente 1,43 °C por encima de la media preindustrial de 1850-1900. (World Meteorological Organization) Hemos construido un modelo de desarrollo basado en la extracción constante, la producción desmedida, el consumo acelerado y la acumulación de beneficios a corto plazo. Carbón, petróleo y gas han sostenido buena parte de la expansión industrial, del transporte globalizado, de la calefacción, de la producción masiva y de una economía que ha confundido crecimiento con bienestar. Las emisiones siguen creciendo. Según la Agencia Internacional de la Energía, las emisiones energéticas de CO₂ aumentaron en 2025 hasta alcanzar un nuevo máximo de casi 38,4 gigatoneladas. Ese mismo año, la concentración atmosférica de CO₂ alcanzó unos 427 ppm, aproximadamente un 50 % por encima del nivel preindustrial. (IEA) A ello se suma una agricultura intensiva que ha empobrecido los suelos, ha contaminado el agua, ha reducido la biodiversidad y ha hecho depender la alimentación de fertilizantes, plaguicidas y modelos de producción cada vez más alejados del equilibrio natural. Los sistemas agroalimentarios representan una parte enorme del problema: FAO estimó que sus emisiones alcanzaron 16,5 gigatoneladas de CO₂ equivalente en 2023, un 21 % más que en 2001. (FAO) También la ganadería industrial, la deforestación, la destrucción de hábitats, el uso masivo de plásticos, la sobreproducción de objetos innecesarios y la cultura del usar y tirar forman parte del mismo problema. La humanidad produce más de 400 millones de toneladas de plástico al año, gran parte de las cuales acaba en el medio ambiente. (UNEP – UN Environment Programme) Durante mucho tiempo se nos dijo que todo esto era progreso. Pero no todo avance material es progreso humano. No lo es cuando destruye las condiciones que hacen posible la vida. No lo es cuando envenena la tierra que nos alimenta, calienta los mares, acidifica los océanos, altera los ciclos de lluvia, multiplica las sequías, intensifica los incendios y expone a millones de personas a una mayor vulnerabilidad. El nivel medio del mar ha subido aproximadamente entre 21 y 24 centímetros desde 1880, impulsado sobre todo por el deshielo y la expansión térmica del agua al calentarse. (Gobierno del Clima) No es una imagen lejana: es una transformación física del planeta.

3. Sabíamos lo suficiente

La comunidad científica lleva décadas alertando. En 1988, el climatólogo James Hansen testificó ante el Senado de Estados Unidos sobre el calentamiento global y el efecto invernadero. En 1990, el primer informe del IPCC ya reunía la evidencia científica disponible sobre gases de efecto invernadero, emisiones humanas y cambio climático. (Comité de Seguridad Nacional) No faltó información. Se habló del calentamiento global, del aumento de la temperatura de los océanos, del ascenso del nivel del mar, de la pérdida de hielo, de la acidificación de los mares, de la alteración de los ecosistemas y de la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos. Se advirtió de que seguir emitiendo gases de efecto invernadero tendría consecuencias profundas, duraderas y cada vez más difíciles de contener. Sabíamos lo suficiente. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo se eligió no escuchar.

4. Responsabilidades desiguales

Son responsables quienes, teniendo poder político, económico o mediático para actuar, prefirieron aplazar, negar, maquillar o bloquear los cambios necesarios. Son responsables los gobiernos que no estuvieron a la altura de la evidencia científica. Son responsables las empresas y corporaciones que siguieron obteniendo beneficios de actividades dañinas mientras trasladaban el coste real a la tierra, a las poblaciones más vulnerables y a las generaciones futuras. La responsabilidad empresarial no es una abstracción. Un análisis de la base de datos Carbon Majors atribuyó a 57 entidades productoras de combustibles fósiles y cemento el 80 % de las emisiones globales de CO₂ fósil y cemento entre 2016 y 2022, es decir, ya después del Acuerdo de París. (Carbon Majors) En 2024, la misma base de datos vinculó 34,7 gigatoneladas de CO₂ equivalente a 166 productores de petróleo, gas, carbón y cemento; solo 32 compañías estuvieron asociadas a más de la mitad de las emisiones globales fósiles y de cemento de ese año. (InfluenceMap) Tampoco puede decirse que la industria no supiera. Un estudio publicado en Science concluyó que entre el 63 % y el 83 % de las proyecciones climáticas internas de ExxonMobil entre 1977 y 2003 predijeron con precisión el calentamiento posterior. (Science) Son responsables los grupos de presión que han frenado regulaciones, sembrado dudas o convertido la protección del planeta en una cuestión ideológica. Son responsables quienes han minimizado deliberadamente el alcance de la crisis, quienes han desinformado, quienes han ridiculizado la preocupación climática, quienes han presentado como exageración lo que era advertencia fundada. Negar la realidad no la detiene. Solo retrasa las respuestas y aumenta el daño. Todos participamos, en mayor o menor medida, de un modelo que destruye. Pero la responsabilidad no es igual para todos. Porque no todos lo diseñaron. No todos se beneficiaron de él. No todos tuvieron el mismo poder para transformarlo. No es lo mismo vivir atrapado en un sistema de consumo que haber construido ese sistema y haberlo defendido a sabiendas de sus consecuencias. No es lo mismo no saber cómo cambiar ciertos hábitos que financiar activamente la destrucción. No es lo mismo llegar tarde a la conciencia que impedir que otros despierten. Aun así, la ciudadanía no puede quedar fuera de la respuesta. No podemos dejar la responsabilidad absoluta en manos de los gobiernos ni esperar que las empresas cambien por sí solas aquello que durante décadas les ha dado beneficios. Tenemos que votar con conciencia, exigir con claridad, vigilar las promesas, apoyar políticas valientes y retirar nuestro apoyo a quienes niegan, minimizan o retrasan deliberadamente la acción climática. La crisis climática es una crisis ecológica, pero también es una crisis ética. Nos obliga a preguntarnos qué consideramos valioso, qué estamos dispuestos a proteger y qué tipo de vida queremos sostener. Nos muestra el fracaso de una mentalidad que ha separado al ser humano de la naturaleza, como si la Tierra fuera un simple escenario y no el cuerpo vivo del que formamos parte.

5. Todavía podemos cambiar la dirección

Hay daños que ya se han producido y que no podremos revertir plenamente. Hay pérdidas que tendremos que aprender a mirar de frente. No se trata de negar la gravedad ni de refugiarnos en una esperanza ingenua. Pero todavía podemos evitar daños mayores. Todavía podemos regenerar. Todavía podemos proteger. Todavía podemos cambiar la dirección. El margen existe, pero se estrecha. El informe de brecha de emisiones de UNEP de 2025 estimó que, con las políticas actuales, el mundo se encamina hacia unos 2,8 °C de calentamiento durante este siglo. Incluso con la plena implementación de los compromisos climáticos nacionales, la proyección se sitúa todavía entre 2,3 y 2,5 °C. (UNEP – UN Environment Programme) Necesitamos gobiernos que actúen de forma urgente, seria y medible. Que dejen de premiar las actividades destructivas y empiecen a favorecer de verdad la transición ecológica. Que impulsen energías limpias, transporte público, rehabilitación energética, protección de acuíferos, reducción de emisiones y adaptación a los impactos que ya están aquí. Que legislen contra la contaminación, el desperdicio, la obsolescencia programada y el uso irresponsable de productos tóxicos. Que no colaboren con el greenwashing ni permitan que la palabra “sostenible” se convierta en una máscara publicitaria. Necesitamos una transformación profunda de la agricultura y de la alimentación. Más agricultura regenerativa y de proximidad. Más suelos vivos. Más bosques nativos. Más protección de especies que sostienen los ecosistemas. Menos monocultivos destructivos. Menos dependencia química. Menos distancia entre quien produce y quien consume. Menos alimentos convertidos en mercancía global y más alimento entendido como vínculo con la tierra. Necesitamos empresas que asuman su responsabilidad real, no solo su imagen pública. Que midan su impacto, reduzcan emisiones, eliminen prácticas dañinas, reparen lo que han contribuido a destruir y acepten que no puede haber beneficio legítimo cuando el coste se paga con enfermedad, empobrecimiento ecológico o pérdida de futuro.

6. Reaprender a ser habitantes

Necesitamos ciudadanía organizada. Grupos de diálogo, cooperativas, redes de apoyo, consumo local, educación ambiental, comunidades capaces de resistir la resignación y la manipulación. No basta con sentirse preocupado. La preocupación tiene que convertirse en criterio, en decisión, en presión social y en formas concretas de vida. Consumir menos no es empobrecerse. Puede ser recuperar libertad frente a la saturación. Reparar más no es volver atrás. Puede ser salir de la lógica absurda del descarte. Comprar con conciencia no es una pureza individual imposible. Puede ser una forma de orientar el mundo que sostenemos con nuestros gestos cotidianos. No necesitamos una vida más llena de objetos. Necesitamos una vida más vinculada, más sobria, más atenta y más responsable. Necesitamos aprender a distinguir entre necesidad y acumulación, entre bienestar y exceso, entre comodidad y anestesia. La crisis climática nos sitúa ante una verdad incómoda: no podemos seguir viviendo como si nuestros actos no tuvieran consecuencias. No podemos seguir delegando indefinidamente. No podemos seguir llamando realismo a la cobardía ni progreso a la destrucción. La tierra no nos pide discursos perfectos. Nos pide escucha, reparación y compromiso.

7. Reunirnos antes de la emergencia

Por todo ello, necesitamos también recuperar una práctica que parece sencilla, pero que se ha vuelto urgente: reunirnos a hablar. No sólo para comentar la catástrofe. No para repetir consignas. No para esperar instrucciones desde arriba. Hemos de reunirnos para mirar juntos el territorio que habitamos, reconocer sus fragilidades, escuchar a quienes lo conocen, aprender de quienes trabajan la tierra, de quienes cuidan los bosques, de quienes estudian el clima, de quienes viven en los pueblos, de quienes han visto cambiar las fuentes, los cultivos, los caminos, los veranos, los incendios y las lluvias. La crisis climática no se afronta solo con grandes acuerdos internacionales, aunque son necesarios. Se afronta también en la escala de la vida cotidiana: en los municipios, en los barrios, en las comunidades de vecinos, en las escuelas, en los mercados, en las cooperativas, en los centros cívicos, en las asociaciones, en los espacios donde la gente todavía puede mirarse a los ojos y preguntarse qué hacemos ahora. Porque habrá que tomar decisiones difíciles. Decisiones sobre cómo vivimos, cómo nos movemos, cómo compramos, cómo construimos, cómo comemos, cómo cuidamos el agua, cómo protegemos los bosques, cómo acompañamos a las personas vulnerables durante las olas de calor, cómo prevenimos incendios, cómo reorganizamos la vida cuando el clima que conocíamos ya no es el mismo. Necesitamos comunidades capaces de hablar antes de que llegue la emergencia. Capaces de preguntarse qué zonas del territorio necesitan protección, qué caminos deben mantenerse abiertos, qué casas están demasiado expuestas, qué personas necesitarán ayuda si hay que confinarse o evacuar, qué redes de apoyo pueden activarse cuando el calor, el fuego o la falta de agua dejen de ser noticias lejanas y entren en la vida concreta. El territorio no puede seguir siendo solo paisaje, propiedad o recurso. Tiene que volver a ser vínculo. Un lugar que se conoce, se cuida y se defiende. Allí donde la relación con la tierra se ha roto, la prevención se debilita. Allí donde el campo se abandona, el bosque se vuelve más vulnerable. Allí donde la vida local desaparece, también desaparece parte de la inteligencia que sabía leer los signos del entorno. Por eso la respuesta ciudadana no es únicamente cambiar bombillas, reciclar envases o comprar mejor. Todo eso no basta. La respuesta ciudadana es también reconstruir comunidad. Crear espacios de deliberación. Impulsar cooperativas de consumo y producción. Apoyar la agricultura local. Recuperar saberes vinculados a la tierra. Exigir planes municipales de adaptación climática. Participar en las decisiones sobre agua, movilidad, energía, residuos, urbanismo y protección de espacios naturales. Necesitamos hablar mucho, pero no de cualquier manera. Hablar para comprender. Hablar para decidir. Hablar para responsabilizarnos. Hablar para salir del aislamiento y de la impotencia. Hablar para que el miedo no sea capturado por el negacionismo, la rabia o la búsqueda de culpables fáciles. Hablar para convertir la preocupación dispersa en acción compartida. El cambio climático intensifica riesgos que ya estaban ahí: sequías, incendios, pérdida de biodiversidad, presión sobre el agua, pobreza energética, desigualdad territorial. Por eso la respuesta no puede ser solo individual. Una persona sola puede reducir su consumo, pero una comunidad puede transformar un barrio. Una persona sola puede sentirse angustiada, pero una comunidad puede organizar refugios climáticos, redes de cuidado, compras colectivas, proyectos de energía compartida, huertos, planes de emergencia y presión política. No podemos esperar a que todo venga resuelto desde los despachos. Tampoco podemos caer en la fantasía de que bastará con la buena voluntad individual. Necesitamos una ciudadanía adulta, informada, organizada y arraigada. Una ciudadanía capaz de exigir a las instituciones, pero también de asumir su parte. Capaz de decir: este territorio nos concierne, esta agua nos concierne, este bosque nos concierne, este aire nos concierne, esta vida común nos concierne. Durante demasiado tiempo se nos ha educado como consumidores. Ahora necesitamos reaprender a ser habitantes. Habitar no es ocupar un lugar. Es conocerlo, respetarlo, cuidarlo y responder por él.

8. Aprender a dialogar

Pero también necesitamos aprender a dialogar. No basta con reunir personas en una sala para que aparezca una inteligencia común. El diálogo no surge automáticamente. Hay que cuidarlo, practicarlo y protegerlo. Venimos de una cultura que a menudo confunde hablar con imponerse, opinar con comprender, debatir con vencer y escuchar con esperar el turno para responder. Así no podremos encontrar caminos nuevos. Necesitamos aprender un diálogo constructivo, capaz de sostener diferencias sin romper el vínculo. Un diálogo donde nadie tenga que gritar para existir, donde la fragilidad no sea despreciada, donde la experiencia concreta tenga valor y donde el desacuerdo no se convierta inmediatamente en enemistad. Juntos somos más fuertes. No de una manera abstracta, sino física, mental y emocionalmente. Una persona aislada se agota antes, se asusta más, se siente impotente con mayor facilidad. Una comunidad que habla, piensa y actúa unida puede sostener mejor la incertidumbre, repartir cargas, cuidar a quienes están más expuestos y encontrar soluciones que una sola persona no podría imaginar. Por eso conviene empezar por lo pequeño. Grupos donde hablar sea posible. Grupos de vecinos, familias, escuelas, cooperativas, asociaciones, pueblos, barrios, espacios de confianza donde la palabra pueda circular sin quedar aplastada por la prisa, el ruido o la necesidad de tener razón. No hacen falta grandes estructuras para empezar. Hace falta constancia, respeto y una intención de acción compartida. Pero lo pequeño no tiene por qué quedar aislado. Los grupos pueden conectarse con otros grupos, aprender unos de otros, compartir recursos, experiencias, errores y soluciones. Así puede nacer una red extensa, viva y flexible: muchas conversaciones locales enlazadas entre sí, muchas pequeñas decisiones sosteniendo una transformación mayor. Frente a una crisis global, necesitamos redes humanas capaces de pensar desde lo cercano sin encerrarse en lo pequeño. Comunidades arraigadas y conectadas. Grupos que cuidan su territorio y, al mismo tiempo, comprenden que forman parte de una trama más amplia. La desunión nos debilita. Nos vuelve más manipulables, más temerosos, más reactivos. El diálogo, cuando es honesto y bien cuidado, nos devuelve fuerza. No porque elimine los conflictos, sino porque nos permite atravesarlos sin destruirnos.

9. El modelo es relacional

El modelo que necesitamos transformar es económico, político y técnico. Pero también, y, sobre todo, es relacional. No basta con cambiar fuentes de energía si seguimos relacionándonos con la tierra como si fuera una reserva infinita de recursos. No basta con mejorar la gestión si seguimos considerando a los demás seres vivos como obstáculos, mercancías o decorado. No basta con reducir emisiones si seguimos viviendo separados de nuestro propio cuerpo, de nuestros límites, de nuestra vulnerabilidad y de nuestra interdependencia. La crisis climática nos obliga a revisar la relación del ser humano con la Tierra, con el resto de seres vivientes y consigo mismo. Nos pide abandonar la fantasía de dominio absoluto y recuperar una conciencia de pertenencia. No estamos fuera de la vida que dañamos. No estamos por encima de la trama que nos sostiene. No somos espectadores del mundo: somos parte de él. Por eso la transformación necesaria no puede ser solo una transición energética. Tiene que ser una transición cultural, ética y espiritual en el sentido más amplio de la palabra: una manera distinta de habitar, de producir, de consumir, de decidir, de cuidar y de convivir. Cambiar el modelo no significa únicamente organizar mejor el mundo exterior. Significa también aprender a relacionarnos de otra manera: con más atención, más humildad, más reciprocidad y más responsabilidad. Porque la Tierra no es el fondo de nuestra historia. Es la condición de nuestra vida.
    autora: Laia Monserrat Sanjuán cualquier reproducción total o parcial debe mencionar la autoría y ser autorizada  

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Fuentes consultadas

Informes científicos y organismos internacionales

IPCC — Intergovernmental Panel on Climate Change

Informes de evaluación sobre cambio climático, especialmente el Sexto Informe de Evaluación y su informe de síntesis. Fuente principal para la afirmación de que el calentamiento global causado por actividades humanas es inequívoco y para los datos sobre aumento de temperatura respecto al periodo preindustrial.

Organización Meteorológica Mundial — World Meteorological Organization

Informes sobre el estado del clima global, temperaturas récord, concentración de gases de efecto invernadero, calentamiento oceánico, acidificación, nivel del mar, hielo marino y glaciares.

UNEP — United Nations Environment Programme

Informes sobre brecha de emisiones, contaminación por plásticos, adaptación climática y escenarios de calentamiento global en función de las políticas actuales y los compromisos climáticos nacionales.

Agencia Internacional de la Energía — International Energy Agency

Datos sobre emisiones energéticas de CO₂, combustibles fósiles, concentración atmosférica de CO₂, transición energética y evolución global del sistema energético.

FAO — Food and Agriculture Organization of the United Nations

Datos sobre emisiones de los sistemas agroalimentarios, agricultura, ganadería, uso del suelo, fertilizantes, seguridad alimentaria y relación entre alimentación y cambio climático.

Responsabilidad empresarial y combustibles fósiles

Carbon Majors Database

Base de datos sobre grandes productores de combustibles fósiles y cemento, utilizada para contextualizar la concentración de emisiones en un número reducido de empresas y entidades productoras.

InfluenceMap

Análisis sobre grandes emisores, estrategias de presión empresarial, influencia política de corporaciones vinculadas a combustibles fósiles y seguimiento de la base Carbon Majors.

Science

Estudio sobre las proyecciones climáticas internas de ExxonMobil entre 1977 y 2003 y su correspondencia con el calentamiento observado posteriormente.

Indicadores climáticos y datos complementarios

NOAA / Climate.gov

Datos divulgativos y científicos sobre aumento del nivel medio del mar, calentamiento global, océanos, hielo, gases de efecto invernadero y evolución histórica del clima.

NASA — Global Climate Change

Información científica sobre calentamiento global, temperatura media, hielo, océanos, nivel del mar, dióxido de carbono y evidencias observadas del cambio climático.

Contexto social, territorial y de adaptación

Informes europeos y estatales sobre incendios, sequía y adaptación climática

Datos sobre aumento del riesgo de incendios, episodios de calor extremo, estrés hídrico, vulnerabilidad territorial y necesidad de planes locales de adaptación climática.

Planes municipales y regionales de adaptación climática

Referencias sobre refugios climáticos, protección del agua, gestión forestal, prevención de incendios, movilidad, energía, urbanismo y redes comunitarias de cuidado.
   
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