4 abril, 2013

Fer de la meva vida una obra d’art

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Leyendo estos días pasados un periódico francés (tenéis que perdonarme, aun me quedan reflejos condicionados de mi vida en Francia), leía una entrevista a un maestro chocolatero que hace esculturas en dicho material. Decía precisamente que quería hacer de su vida una obra de arte…

Era un tanto curioso, él, reconocido escultor del chocolate, no quería hacer una obra maestra de su arte, sino de su vida. Bonito planteamiento, pensé.

Yo había pensado lo mismo de mi vida durante mucho tiempo. Pero en mi caso era más natural. No soy especialmente buena en ningún arte conocido y reconocido como tal… Seguro que muchos podéis decir lo mismo, cada uno a vuestra manera

Desde este realista punto de partida, llegué a la conclusión de que todos podemos ser grandes artistas, es decir, considerar nuestra vida como nuestra obra de arte. Dedicarnos en cuerpo y alma a ese lograr vivir haciendo de la vida nuestro chef d’oevre.

Ya los alquimistas proponían algo así. Lograr la piedra filosofal era un camino de aprendizaje y transformación personal que convertía al alquimista en el precioso objeto buscado. Él era el resultado de la transformación y de la transmutación, él era la piedra filosofal, la obra culmen.

Sin embargo, para muchas personas las cosas son bien diferentes. El logro personal es algo que se refiere al estatus social, al reconocimiento de los demás sobre su labor. Si me dan el premio Nobel de la Paz todo el mundo va a darse cuenta de lo mucho que he hecho por lograrla. Pero en realidad, este reconocimiento externo no es un signo fiable. Conocidos son los casos en ciencia, por ejemplo, en los que los premios y reconocimientos se los llevan aquellos que más y mejor han sabido vender su imagen, muchas veces a expensas de los verdaderos descubridores. Los humanos somos capaces de mentir, robar y traficar para logar el ansiado reconocimiento exterior. Simplemente una muestra más de lo débiles que podemos llegar a ser.

A niveles más mundanos, se necesita el reconocimiento de los allegados, se necesita el reconocimiento y la mirada del otro, que nos devuelve una imagen de nosotros. Esto da seguridad pues muchas veces la propia imagen es incierta para sí mismo. Lo terrible es cuando esta incerteza es tan grande que se convierte en un agujero negro que absorbe incansablemente el reconocimiento y el apoyo de los demás. La persona vive solo para acaparar ese “sentirse admirado, deseado o envidiado” y llenar el hueco interno, que sin embargo, no hace más que crecer.

Personalmente creo que hay que bajar muchos escalones en la búsqueda de la perfección o del complimiento de los sueños. Los ideales pueden matar la realidad y acabar empequeñeciendo la vida si son inalcanzables o irrealistas.

Hacer de la propia vida una obra de arte es vivir … vivir ¿Cómo? ¿Qué dirías tu?

Si tengo que ser sincera, yo cada vez tengo menos claro ese cómo. No creo que deba adecuarse a parámetros determinados. Cada persona, cada circunstancia es tan distinta y tan polifacética que meternos en un patrón es reduccionista. Pero sí que hay algunas cosas que siguen pareciéndome importantes. Intento definirlas…

– Creo imprescindible estar en acuerdo interno con lo que haces en el exterior. Es decir, sentir que lo que es importante para mí, lo plasmo y lo vivo en mis relaciones y mi trabajo. ¿Ética, coherencia? O simplemente sentirse en paz consigo misma.

– Tener la certeza de soltar presa de los temores, de vivir con mas plenitud y atrevimiento. Hacer lo que “verdaderamente tienes ganas de hacer”, no como motivación impulsiva del ego, sino desde el fondo… algo así como lo que Dürckheim denomina devenir transparente al Ser Esencial y ponerse a su disposición.

– Ser capaz de maravillarme cada día por la belleza del mundo y de los seres que encuentro en él.

– Aceptarme con mis limitaciones y mi franca humanidad; contradictoria, imperfecta, plenamente luminosa y llena de sombras. Amarme como soy, porque soy un amor de persona, a pesar de tantos pesares.

– Aprender a dar y a compartir. A darme y a compartirme. Sin los demás no somos nada. Aislados, no somos nada. Dar, dar, dar, darse. Yo por mi misma soy limitada, pero sé que cuando no ofrezco resistencia, a través mío fluye algo grande y que hace bien.

– Ser capaz de estar plenamente presente en lo que hago. Con los sentidos y el alma puesta en el aquí y en el ahora. Con plenitud.

– Aprender a ser una sonrisa verdadera. La sonrisa es el estado natural de la persona. Una persona sin estrés, sin corazas emocionales, sonríe de forma espontanea. Como la sonrisa de Buda… no se ríe de nada en especial, es la expresión de un estado de plenitud que se expresa en su rostro. Ser una sonrisa.

– Aprender de mis errores constantemente. Siempre avanzando.

Estos son algunos de los colores básicos de mi paleta personal. Los colores que me permiten crear paisajes, inventar mundos y emborronar hojas de vida.

Si en el momento de saltar la tapia del cementerio siento que los he usado lo mejor posible, me sentiré contenta. Porque en realidad, el juez que va a juzgar nuestra obra para decidir si es o no una obra maestra…somos nosotros mismos.

Saludos a todos,

Laia

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